sábado, 25 de julio de 2015

Ver sin ser visto


Para la última vez que fui a medir la casa, ya no sabía dónde estaba el conejo que me había acompañado los últimos días en que, con bastante paciencia, me he dispuesto a medir toda una casa que se iba a remodelar en el estudio. Una vivienda de dos niveles, construida en los años setenta con una clara arquitectura moderna frente a un parque en una urbanización residencial.

El hecho de que yo fuera con mi wincha a medir os ambientes de la casa (a veces con mis amigos Cuchufo y Emerson) tenía una razón: necesitábamos las medidas reales de la construcción existente y sobre todo, necesitábamos digitalizar los planos que se nos habían entregado en la oficina en un rollo de cartulinas amarillentas realizadas por unas  manos hace más de cuarenta años. Al final, se midió la vivienda y se digitalizó los planos.

La casa no estaba amoblada, pero era evidente que hasta hacía muy poco, los dueños habían permanecido ahí. Hubo idas y venidas (siempre burocráticas) para que la municipalidad se decidiera si el proyecto era: una “remodelación” o una “demolición más remodelación”, lo cual originaba diferentes trámites y hasta pagos y/o multas. Aun así, todos los involucrados en el desarrollo del proyecto, hicieron su parte.

Cogí las llaves de la casa, de la que sólo habíamos visto los planos amarillentos: primero el portón de madera, un chasquido y cedió, y luego la puerta de ingreso. La vivienda tenía en el primer nivel: el servicio (lavandería más cocina), además de la sala, comedor, un baño de visita y un estudio. El jardín trasero, amplio y silencioso estaba aún cuidado. Estuve ahí sosegado mirando las plantas y arbustos sintiendo el airecito fresco, mientras me miraban a mí también, sin saberlo.

Asomando su cabeza desde el interior de un cántaro de cerámica que adornaba el jardín, me miraba un conejo blanco lanudo con una motita negra en la nariz; luego me he percatado que tenía un bebedor y un comedero que alguien había previsto para el animalito mientras iban por él. Días después, ya calmo se acercaba. La primera vez que lo vi, no fue nada amistoso el asunto: lo cargué tres segundos y rasguñándome los brazos se soltó volviendo de un salto a su refugio cerámico.

El proyecto de remodelación después de un par de meses tuvo un buen final gracias al esfuerzo de todos los involucrados. Respecto a la fachada, desde un principio se decidió que respetaría la misma altura (incluso un centímetro menos) que la altura de la vivienda vecina (donde residían unos esposos mayores, vecinos muy respetables y buenas personas además). La señora, con buenos términos pidió hablar con el arquitecto para decirle que por favor tengan cuidado de dañar su casa que colindaba con el proyecto de remodelación. Así que como una muestra de consideración, la fachada diseñada del nuevo proyecto no sobrepasa jamás a la vivienda tradicional de dos buenas personas.

Ver sin ser visto. También se contempló un diseño de fachada, que mediante el manejo de un cerramiento particular, permitía observar el parque que había al frente de la vivienda desde el interior, desde la piscina y la terraza; y al mismo tiempo, este cerramiento permitía controlar las miradas curiosas que se pudieran suscitar desde el exterior. Todo salió bien, excepto el último día que visité la casa antes de que se demoliera un ladrillo o se dibujara –incluso- una sola línea. Una sensación de pérdida en ese jardín sosegado, de plantas y arbustos,  de cántaros y gradas, de curiosas miradas. La duda instantánea que me abre la boca para exclamar frunciendo el ceño: “algo falta”.


Por Mediochueco

Foto de Ch. Palomino


Foto de Ch. Palomino





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