lunes, 6 de agosto de 2012

Un germen. El día que nació

Notas de uno de los de que anduvo adentro. Plazuela Merino.


Y lo tuvimos: nuestro corto auge de contracultura, amor por el alcohol; unión y celebración. Vivíamos “la revolushion” como siempre nos cantaron “los Adicts” desde el 80 creo.

Por esos tiempos disfrutábamos hasta donde podíamos; habíamos convertido nuestras vidas en una serie de alternativas muy diferentes respecto a los demás. Considerábamos que había llegado nuestro propio carnaval y la idea siempre estuvo clara, era un carnaval de excesos y nada más. Cientos de noches pasaron entre caras conocidas y autodestrucción (aunque la palabra que más se usaba era descontrol). Aunque hicimos también algunas otras cosas.
Vimos llegar bonitas tardes amarillas de conversación donde nos juntábamos para tratar de seguir creyendo en la idea de protestar, en dar la contra. Volanteos, pintas, revistas. Queríamos seguir procurando la abolición de todas las identidades y los sectarismos. Abolir todo aquello que buscaba clasificar nuestras mentes y nuestros cuerpos; destruiríamos todo aquello que buscaba tenernos señalados por especies: rojos, punks, rockeros, rock-stars…

En ésa época nos tenían bastante identificados desde afuera pero pocos nos sentíamos verdaderamente identificados entre nosotros mismos (los que estábamos dentro). Pocos nos dábamos cuenta que en ése entonces andábamos bastante unidos (para bien o no). Pronto habrían cambios, y éstos empezarían a surgir desde donde siempre había girado todo: desde adentro, desde las ideas espontáneas y las ideas alternativas. Había nacido un germen y creció como lo decían los folletos aparecidos desde siempre -desde los setentas en Londres. Un germen que se multiplicaría como plaga por donde debía y quería hacerlo, infectando y ensombreciendo cada una de las calles. Un germen que por segundos breves parecía ya “una idea”, un mismo sentimiento compartido por todxs. Pero estábamos tan alcoholizados y con tanto sueño que no nos dábamos cuenta de lo que sucedía a nuestro alrededor, no estábamos seguros de qué era lo que estaba pasando (ni tampoco queríamos saberlo), había incluso quienes llegamos a creer que se podía vivir entre sueños, entre los putos feos sueños que no nos vendía el sistema; vivir de la forma que sea siempre y cuando, no vendiéramos nuestras vidas a cambio de supervivencia. Y así los días fueron avanzando y sólo se escucharon susurros. Al final, tiempos nuevos se confirmaron, las cosas cayeron por su propio peso. Todo acabó. Dejamos de juntarnos y ya. Fue así y nada más. Faltaron las ganas; aparecieron nuevas. Se fueron caras, cambiaron otras. Cada uno empezaba a contar una nueva historia.

Para cuando los días acabaron para siempre, nunca nos habíamos dado cuenta de lo que habíamos logrado -y ya no adentro- sino de lo que se había originado allá afuera, donde nuestras sombras de pronto se convirtieron en enfermedad; poco a poco una infección consumía a todo motor -placer y morbo- todo tipo de moral y calma. Aparecieron los dolores de cabeza y la preocupación: la ciudad caliente había empezado a ennegrecerse. En Piura por fin conocían a los punks (y los odiaban).


“Recuerdos de la Piura que explotó. Punk del 07”.

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